¿Quién puede matar a un niño?

Holanda tiene fama de ser un país caro a la hora de comprar. Es cierto relativamente. Sin embargo, a la hora de elegir supermercados el llamado C1000 es uno de los más económicos, en comparación con Albert Heijn, ultramoderno y carismático pero que duele a la hora de sacar los billetes. Afortunadamente, aquí en Nijmegen vivo en la idílica zona residencial holandesa, entre perfectas casas de familias que han cumplido el sueño de la vida calmada. Con la suerte de que tenemos un C1000 a la vuelta de la esquina.

Desde hace una semana, posiblemente ir a comprar a dicho lugar sea una de las experiencias más terroríficas que alguien pueda experimentar en sus tranquilas y hogareñas vidas. Una nueva coalición se ha agolpado a la entrada del supermercado. Su único objetivo: Hacer la vida imposible de sus compradores. No parece estar capitaneado por un líder destacado a lo Sánchez Gordillo ni parece tener ningún tipo de conexión con su rival Albert Heijn. Ante semejante despiporre, el equipo del C1000 ha optado por vallar la zona en la que se agrupa esta coalición, lo que no impide que los gritos, aspavientos y descalificaciones se disparen directamente. El miedo es punzante.

A pesar del pavor, mis credenciales de estudiante de Periodismo ganaron. Tuve el coraje de sacar mi cámara y compartir el documento. Hacer testigo al mundo de lo que está pasando en Nijmegen. No es uno de los actos más violentos del clan pero el siguiente vídeo refleja bastante bien el martirio que tienen que soportar las señoras y señores de esta ciudad cuando tachan los productos de su lista de la compra.

Se quedan cortos los niños de una de las mejores películas de terror nacional: ¿Quién puede matar a un niño? Narciso Ibáñez Serrador no dudaría al ver este documento en que aquí hay material para la secuela. Pero ¿cuál es el motivo para semejante locura? La respuesta es la siguiente:

Nijmegen gogos C1000

C1000 Presents

Por cada 10 euros de compra, un gogo de regalo. Esas mismas madres que llevaron el primer día siete gogos a sus hijos tras haber llenado el carro para la semana ahora lloran en las esquinas del pasillo de lácteos. Se sientan y agazapan, se agarran las rodillas, y con el pelo alborotado empiezan a calcular en voz alta y psicótica los precios de sus productos con el objetivo de que no supere el simbólico precio. Los niños se agolpan en la puerta rogando, exclamando y exigiendo que los compradores les lancen sus juguetitos. Al darse cuenta de que la benevolencia y el respeto a la hora de pedir no funcionan han optado por las barricadas.

Días después

Podemos ver a la izquierda de la holandesa cajera en la siguiente instantánea, un cubilete lleno de gogos. Ahí es donde se halla el mal. El resto, potenciales víctimas de los monstruitos con ansia de Extreme GOGOS.

Cada día lo mismo. Tarde perdida tras tarde perdida. Los recolectores de muñecos no se cansan. Arden en deseos por tener la colección entera. Y para ello harán lo que sea necesario.

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