Hallo Deutschland.

Segundo día en Alemania. Bremen, para ser más exactos. Al norte, demasiado al norte para alguien como yo, que lleva toda la vida viviendo en un sitio que se llama Costa del Sol. Y hablando de sol, lo primero que pensé al bajar del avión –Ryanair, por cierto, y sin incidentes, por tal de contradecir a todos los informativos– es que estos alemanes no saben lo que es el sol. Bajé por la escalerilla aquella en mitad del asfalto del aparcamiento-de-aviones y ya llovía, y ya me mojé en el trocillo que había hasta llegar a cubierto. Que Ryanair no te deja en la pista de aterrizaje de milagro.

Bueno, que me lío. Después de un par de tranvías llegué a la que va a ser mi casa y me recibió la dueña, que vive al lado. Su casa y la mía (en realidad su casa y la suya) se comunican por el patio. Era la primera en llegar así que me tocaba elegir habitación. Y las cuatro estaban bastante bien. Dos con mucha luz, dos con poca. Dos arriba, dos abajo. Abajo, además, la cocina y dos baños. Que por cierto, premio gordo para ese brillante arquitecto que hizo dos baños abajo y ninguno arriba. Arriba sólo dos habitaciones y una sala común -que no salón, porque para mí el concepto salón implica sofá y tele y no tiene ninguna de las dos-. Lo lógico habría sido coger, de las de abajo, la más luminosa. Pues después de horas de indecisión -en realidad minutos- elegí coherentemente la más oscura de arriba. Y las razones son tan tontas como el típico techo doblado que me conquistó, y un escritorio gafapasta bohemio perfecto para Instagram que ya lleva nosécuántos me gustas en Facebook (ahora voy de popu) y cuya foto os adjunto aquí debajito para que no os quedéis con la curiosidad.

 Ayer fue día de no hacer nada porque dormir poco y mal, sumado a nervios, sumado a transportar maletas, equivale a quiero dormir. Aunque sí que fui a un supermercado a cinco minutos andando para comprar algo de comida. Ahí tuve un pequeño momento de agobio con una cajera (joven, piercing feo en el labio) que me señalaba un cartel y me hablaba en alemán. Bien, yo escuchaba esto: “añsdfñasldkñaiodfiuadgsdlk” y pensaba que es que igual el cartel quería decir caja cerrada. Menos mal que cuando vi que me miraban todos mal al hacer amago de irme pensando que la caja estaba cerrada, la mujer que tenía detrás (y detrás de ella otras tantas miradas) me habló y me dijo qué pasaba. Bien, yo escuché esto: “añsldfjaoñdfisaklñcmioufd” y luego solté un “do you speak English?” y todo se solucionó, me dijo que pusiera mis cosas en la caja y ya está. Nunca sabré qué  ponía en el cartel. Sí sé que luego la del piercing bonito me volvió a mirar mal y por poco me tira las cosas a la cara, pero creo que lo hizo con todo el mundo. Y me agobié un poco pero pensé que me quedan muchos momentos como ese así que mejor verlos como anécdotas.

Hoy tenía el mismo sueño o más ya me he levantado con más ganas de hacer cosas y he decidido que había que ir a sacar dinero porque tengo que pagar el alquiler explorar la ciudad.
Casi pido una hipoteca para pagar 2,35€ en el tranvía. Quiero decir 2,35€ ida y 2,35€ vuelta. No hago la suma para no agobiarme mucho. En octubre tendré abono de estudiante y seré feliz.
Una cosa curiosa es que los alemanes pagan dentro del tranvía y no hay nadie que te diga “paga”, o sea, hay una máquina. Te puedes subir y bajar sin pagar que nadie se va a enterar excepto el resto de pasajeros si están muy atentos. Pero sé que la multa si aparece un revisor está en 50€ así que mejor pagar. Llevo dos días aquí, en una semana os cuento si sigo pensando igual.
Bueno, que me vuelvo a liar. Tras callejear a los 10-12ºC alemanes en septiembre (en diciembre moriré) llegué a lo que creo que es la plaza del ayuntamiento de Bremen y encontré esto.

Y esto.

Ayuntamiento de Bremen, si no me equivoco.

Y…

 

¡¡Tatatachán!! ¡¡Un concierto!! (perdón por la pésima calidad, sólo llevaba el móvil encima) en mitad de la calle con su escenario y su todo. Era el día de algo. Porque ponía Tag der Zivilnoséqué, y tag es día (mi alemán es nivel casi nativo, como podéis comprobar) así que me quedé un ratico a escuchar a Schné, que así descubrí que se llamaban gracias a un folletito que me dieron. Eran buenos, no increíbles ni famosos, pero no estaban mal. Y la vocalista muy feliz decía danke schön todo el rato. Y algo del 28 de septiembre. Lo demás era todo “ñasdifjasiolkjadnvpaoñadf”.
Es curioso, porque no entendía nada de lo que decía en sus canciones, pero entendía que le gustaba. A ella, al guitarra, al teclista, al batería que no cabía en su sitio… me acordé de la cajera furcia poco simpática y pensé que no había entendido nada de lo que me había dicho, pero que tampoco entendía lo que estaba cantando esta muchacha en mitad de la calle ni por qué, y sí me comunicaba cosas. Entendía que les gustaba tocar y veía que la gente aplaudía sonriendo.
Uno de los primeros recuerdos musicales que tengo es mi abuelo diciéndome ‘la música es un lenguaje universal’, y, por rara que sonaba la letra en alemán, la música es música y comunica cosas en cualquier idioma.

Me fui de allí cuando terminaron, pensando en eso y buscando un Santander. Y, al encontrarlo, dato curioso: los cajeros están dentro, tras una puerta bloqueada que te pide la tarjeta de crédito para abrirla. Cosa que yo nunca había visto.

Pasé un poco de frío y volví a casa, no sin antes acercarme un momento al supermercado y esquivar a la simpática alemana del piercing.

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