Olá, Lisboa. Y con eso sobra.

Nostalgia. Esa fue la primera palabra que tecleé para empezar con esta aventura del blog. Qué casualidad, “rae.es” no se encontraba disponible. Debe ser porque Lisboa, desde donde os escribo, se encarga de que ese sentimiento se esfume, si es que algún día existió. Parece que todos esos tranvías -como el que aparece en la foto- se dirigen directamente a tu corazón para llenarlo de algo que aún no he conseguido identificar en las dos semanas que llevo en esta mágica ciudad.

Adquieres, de repente, una sensación de poder verlo todo desde aquí. Sus miradores te descubren aquellas partes que, desde las resbaladizas aceras de piedrecitas -absolutamente todas son iguales, particularidad de Lisboa- no atinas a ver. Desde estos miradores de los que os hablo sentís que la ciudad y tú os conocéis de siempre, no hay secretos entre vosotros. El aire es más puro, respiras con fuerza y continúas caminando por este particular acerado.
Es preciso tener cuidado con los coches; los portugueses han demostrado ser personas hospitalarias, simpáticas y tranquilas -quizá demasiado tranquilas-, pero cuando se montan en su “carro” esto cambia.

Mientras tanto piensas que Portugal es el gran desconocido para los españoles. Lo cercano puede ser tan diferente y gratificante que te olvidas de las fronteras.
Lisboa huele a mar, te peina el mar. Y a tus piernas las fortalecen las casi constantes cuestas y escaleras que la componen. Podría deciros que se siente algo así como “con lo que me ha costado llegar aquí, todo lo que he andado y caminado, vamos a seguir adelante”. Es una ciudad que no quita energía, sino que te alimenta.

Que llegue la noche no significa que acabe el día. Estas noches la zona que más he frecuentado es Bairro Alto. Cada bar es una historia, un motivo, un color. Cada persona que te cruzas -cientos y cientos- una razón para seguir queriendo encontrar a más. Todos tienen algo en común: no pueden evitar que el sol se ponga -de hecho se debe poner, es una escena preciosa a la par que rápida aquí- pero sí pueden seguir estando vivos. Parece como si lucharan por sumar horas al reloj. O para detenerlos.

Prometo demostraros todas estas cosas mediante imágenes en mis próximas entradas -me acabo de comprar una cámara de fotos-. Con esta, me doy por satisfecha si os he conseguido contagiar un poquito de entusiasmo por conocer o volver a Lisboa, y poder gozar del enganche que producen los portugueses, ese no se qué que hace que te quedes mirándolos aunque no entiendas nada de los que dicen.
No se merece menos.

PD: “rae.es” sigue sin funcionar, lo juro 😉

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