Australia, the Land Down Under I : Impresiones desde Sidney

Tras innumerables horas de vuelo en THAI Airways, Blanca y yo llegamos a Sidney. Cuando salimos de Madrid era mediodía, al llegar a Bangkok donde hicimos dos horas de escala eran las seis de la mañana. Cuando llegamos a Australia, ocho horas más tarde, ya era de noche. El reloj biológico lo teníamos tan actualizado como un Windows 98 dentro de una Gameboy. Sin embargo, en menos de medio día, habíamos pisado dos continentes distintos. Por primera vez.

A pesar del irresistible deseo que nos suponía perder el vuelo de Sidney y quedarnos en el lujo asiático de Bangkok, teníamos unas ganas enormes de llegar a las Antípodas. En uno de los sitios que menos gente del globo ha pisado. Con 20 millones de habitantes, menos de la mitad de España, Australia tiene tamaño suficiente para albergar todos los países de Europa y que quede espacio para una buena parte de otros países. Estados Unidos cabe entero dentro de un continente que parece ser más pequeño de lo que realmente es.

Nuestro plan era ver la que según dicen es la ciudad más bonita del hemisferio sur. Estaríamos allí dos días, y luego recorreríamos en tren un poco el interior para llegar  a la que realmente es la capital, Canberra (Cámbra, si usas la pronunciación australiana, que en este caso es bastante cerrada). Allí está la Universidad más prestigiosa de Australia y la décima del mundo para muchas carreras. Sin embargo, es relativamente pequeña comparada con Sidney. Pero de eso hablaremos más adelante.

Llegamos cansados al hotel, ya recorreríamos la ciudad mañana. De momento, los acentos eran una especie de vociferaciones que apenas podíamos entender, y eso que habíamos tenido la suerte de sacar un buen nivel en el TOEFL para poder irnos a Australia (relativamente bueno, 90 de 120). El acento es algo a lo que de alguna manera no terminas de acostumbrarte.

Al despertar, toda la ciudad vibraba desde las siete. La luz aparece mucho más pronto y se va a las seis de la tarde. El reloj biológico nos volvió a aturdir, a punto de un Knock Out, pero resistimos bastante bien, gracias a los somníferos en parte, y en mi caso a que en otra vida fui una marmota. Salimos a la calle y el bullicio era impresionante. Sidney tiene menos habitantes que Madrid, pero están más densamente concentrados. Hay edificios altos, gente por la calle que anda a lo suyo, y de repente, en una intersección, un monorail elevado a unos cinco metros del suelo, quizá más. Si tuviera que bautizarlo con un nombre, lo llamaría upperground, porque es como el metro de Londres pero por arriba. Estuvimos andando un rato, la verdad que es bastante más grande de lo que parece, hasta que llegamos a la Harbour Bay. Es impresionante. De repente, estás en medio de la bahía más famosa del mundo gracias a una película de Disney y te plantas delante del Opera House. Yo no podía parar de sonreír, el puente, Harbour Bridge, los ferries que te dan una vuelta por la bahía, los colores iridiscentes del agua… Y luego, al fondo, al otro lado de la Bahía, el Luna Park. Desde lejos pudimos ver la noria y una cabeza de payaso gigante.

Estuvimos dando una vuelta por ahí, con las gaviotas persiguiéndonos a cada poco, y decidimos comer por ahí. Pese a que es la zona más turística, merecía la pena como día de estreno. Hay que tener sin embargo cuidado con dónde comes. Los precios son totalmente abusivos, no solo en la zona turística sino en Sidney en general. Si bien el euro tiene más valor actualmente los precios al dolar australiano no son ninguna bobería. Se nota sobre todo en los dulces importados (M&M’s y demás) y en el alcohol y en el tabaco. Tengo claro que si ahora mismo estuviera viviendo en Sidney tendría un trabajo, porque el costo de la vida, si bien se compensa ampliamente con cualquier tipo de trabajo (El sueldo de camarero por hora suele rondar los 20, y el de pinche de cocina los 17), es bastante amplio.

Al lado de la bahía están los Jardines Botánicos, los Royal Botanic Gardens que solo vimos desde fuera. Sin duda si el interior era tan espectacular como el exterior se recomienda encarecidamente. Fuimos al acuario para ver la gran cantidad de especies que Australia podía ofrecernos. Estando al lado de la bahía, merece totalmente la pena saber qué hay debajo del agua.

Al acabar el turisteo dentro del acuario,  vimos que el agua de la bahía estaba cubierta de un color magenta que daba al puente un tono surrealista. Pensamos en coger el ferry por la noche, para recorrer el otro lado de la bahía y pasar cerca del Luna Park. Pero apenas había tiempo. Entre una cosa y otra, el día había volado. Técnicamente estuvimos sólo un día porque salíamos al día siguiente para Canberra muy temprano, cruzando un bosque en tren durante unas cuatro horas. Así que se nos quedó ese regusto de miel pegado a los labios. Cansados, maravillados, obnubilados, tuvimos que poner rumbo al hotel para poder descansar decentemente. Mañana, después de un traqueteo sin fin, de ver más de doscientos mil árboles por la ventanilla del tren, ibamos a llegar a la ciudad que sería nuestro hogar durante el próximo año.

Sin poder apenas creerlo, Australia se abría ante nosotros como un acantilado que espera a que le de el sol.

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